Escrito por Carlos Caramés

El catálogo de productos de los constructores de claves actuales es de lo más variado: comienza con el clave italiano

y acaba con el francés de dos teclados (a veces con fortepianos). En el medio se ofrecen claves flamencos, alemanes, de uno y dos teclados e incluso veces claves “de concierto” (no sé qué quieren decir con eso) y “de estudio” (tampoco sé a qué se refieren). Definir un clave por su procedencia es una forma práctica de entenderse, si bien eso puede inducir a error, ya que en un mismo país podían existir modelos de claves totalmente diferentes.

En la luthería antigua, para diseñar un clave se consideraban tres variantes: extensión del teclado, mensura de cuerdasy punto de contacto de la mecánica con las cuerdas. Esas tres variantes determinan el carácter del instrumento. También hay normas más o menos fijas, que pueden variar según la procedencia de constructor: anchura y punto de balance de las teclas, proporción largo/ancho, espesor de la tabla armónica, punto de balance de las teclas, etc.). Esos valores son más o menos objetivos. A partir de ahí entra en juego el arte del constructor para conseguir un instrumento de la mejor calidad posible. En ese sentido, la tarea más ardua es el compromiso entre la tensión de las cuerdas y la resistencia del instrumento, es decir, que sea lo más ligero posible y que al mismo tiempo no se deforme.

 
La decoración de los instrumentos no pertenece al oficio de luthier, si bien no es incompatible con él.

Los claves antiguos alcanzaron gran calidad acústica en el siglo XVII y una extremada perfección mecánica y ornamental en el XVIII. Pero todos ellos exhiben defectos, al menos desde nuestro punto de vista actual. Es problable que algunos de esos defectos fueran provocados por intervenciones posteriores a su fabricación, por ejemplo cuando se les añadió un segundo juego de cuerdas, que trajo consigo la deformación de la caja del instrumento.

Pero también muestran detalles de extremado refinamiento (los claves franceses del XVII, por ejemplo, tienen las paredes más gruesas en el bajo que en el agudo). En resumen, los luthiers actuales tenemos un amplísimo muestrario de instrumentos antiguos en los que orientarnos para diseñar nuestros claves, tomando sus virtudes y obviando sus defectos, sin necesidad de “copiarlos”.

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Escrito por Carlos Caramés

La calidad de un clave se mide en la respuesta inmediata a la pulsación, en el alcance sonoro cuando se toca en salas grandes o iglesias y en su capacidad para combinar bien con el sonido de otros instrumentos. Por supuesto, que ha de estar correctamente construido, no deformarse y tener una mecánica fiable. Pero la mecánica se puede reparar o sustituir, mientras que la calidad sonora nace y muere con el instrumento. ¿Quiere ello decir que un clave de gran alcance sonoro es siempre un buen clave? Así es. Para que el sonido de un clave atraviese nítidamente el medio sonoro es necesario que dicho sonido sea lo más fundamental posible, es decir, que tenga pocos armónicos, y eso es lo más difícil de conseguir en un instrumento de cuerda.

En rigor, la principal diferencia entre un gran violín (Amati, Stradivarius) y otro convencional es que en el primero predomina la fundamental frente a los armónicos o sonidos parciales.  En consecuencia, la mejor manera de probar un clave es colocándolo en una sala grande (teatro o iglesia) y conservar la respuesta sonora. Y si se hace simultáneamente con dos claves distintos, la certeza es mayor.